miércoles, 21 de septiembre de 2011

ENCEFALOGRAMA PLANO

      En esa comedura de tarro imparable en la que afortunadamente ando cada día, ME SE viene últimamente a la cabeza o a lo que queda de ella, echarle las culpas de todo, ¿cómo no?, al pecado original. Y es que lo miremos por donde lo miremos, el gran problema que está a la raíz de nuestros males y sufrimientos, no es otro que: LA IDOLATRIA. Esa tendencia constante a idealizar personas, ideas y cosas. Esa tendencia constante a mentirnos a nosotros mismos creyendo haber alcanzado verdades y experiencias completas y seguras. Siempre nos puede el deseo de haber llegado al final, de haber encontrado la piedra filosofal, de haber dado con el kit de la cuestión. Y esto choca con nuestro verdadero yo, el que nos llama siempre a más, el insatisfecho, el buscador, el inconformista, el infinito, el eterno.

     Ambas identidades son complementarias, en realidad son la misma, pero generalmente vivimos ambas mal, porque las vivimos separadas. Lo pequeño y lo grande son dos caras de una misma moneda, y veamos la cara que veamos la otra también está ahí. Generalmente vivimos lo pequeño tan por encima, tan rápido, que tenemos que volver una y otra vez sobre ello como en una búsqueda dramática de alguien que no encuentra sus gafas y las tiene puestas. Nuestra necesidad de inmensidad se vuelca sobre la finitud por no haber sabido trascenderla. No ver la auténtica grandeza de la amplísima existencia conduce, paradójicamente, a múltiples idolatrías que versan sobre ella. El caso es que no nos podemos desdecir de nuestro instinto de eternidad. El gran error del ser humano, también del creyente, está en divinizar lo finito, negándose a sí mismo ya que existe por y para la infinitud. En este punto le agradezco a Darwin su aporte sobre la evolución, ya que si el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, esta teoría nos ayuda a los creyentes a descubrir un Dios que se puede considerar también como evolución, por ser infinito, por ser RELACION. De lo contrario los cristianos terminamos por hacer a ese Dios a nuestra imagen y semejanza

     ¡Vaya lío verdad! me parece a mí que nuestra dimensión incompleta, que nos da tantos problemas, tanto individuales como comunitarios, es también la que nos puede salvar si la sabemos encauzar. Es lo que nos hace estar y ser vivos, en movimiento, en crecimiento. La clave está en si la alimentamos de posibilidades acordes y dignas de su "apetito" (infinitud, dudas, preguntas, inquietud, apertura, diálogo, aprendizaje, humildad . . .) o si le damos "comida basura" (estabilidad, FANatismo, comodidad, seguridad, cortoplacismo . . .)

     Jesús de Nararet supo muy bien leer entre las líneas de nuestra "egoísta" humanidad, un ansia positiva,  propia de nuestra condición y naturaleza, que hay que saber seducir y llamar hacia otras "tierras" más fértiles y amplias, más interesantes que los secos pozos entre los que acampamos. Bien podríamos gastar nuestros esfuerzos en seguir caminando en vez de seguir cavando. Supo ver belleza en nuestro "código de barras", en el filósofo incansable Agustín, en el vividor Francisco, incluso en el criminal Pablo, la adúltera María o el capitalista Zaqueo.

     A Él le agradezco la resurrección, como sello de confianza y vía libre para el que quiera recorrer los caminos de la desinstalación, y dar rienda suelta a nuestro innegable, imparable e irrenunciable YO, sin tener que ahogarlo en charcos y espejismos: lemas, banderas, líderes, personajes, ideas, sentimientos, libros, películas, partidos, amores, desamores, etc . . . todos ellos medios que forman parte del fin, y que cada vez que los equivocamos con el fin los matamos y nos matamos en vida.


miércoles, 14 de septiembre de 2011

FALSOS PROFETAS EN EL HORIZONTE

     Las revoluciones populares acabaron con los burgueses (no los trabajadores) apropiándose del "terreno" de los aristócratas, siendo si cabe más tiranos que aquellos y bajo apariencia social, formando una oligarquía de terratenientes mayor y peor que la de las multinacionales privadas capitalistas, por mucho que fueran miembros del "partido" . 


   Y no puedo hoy dejar de ver por todos lados, pequeños y medianos empresarios dándoselas de antisistema e indignados, pero siendo a su nivel quizá peores que cualquier multimillonario. Muchos de ellos echan pestes de los bancos, pero su situación es sólo debida a sus excesos y aires megalomaniacos de sangre azul, tratan peor a sus deudores de lo que son tratados por sus acreedores. Maltratan, humillan y se ríen de "sus" empleados mientras son incapaces de trabajar para nadie y con nadie, aunque hacen demostraciones puntuales creyéndose que cuela, pero el asentimiento general sólo procede de su propio cinismo que les viene de vuelta.


   Pánico me dan todos los falsos profetas que sólo ven en los cambios una oportunidad para pasar del segundo al primer plano, bajo el inocente apoyo de sus sufridores diarios. Son expertos en la mentira y la adaptación, camaleónicos por vocación y no por necesidad


"En las revoluciones hay dos clases de personas, las que las hacen y las que se aprovechan de ellas" (Napoleón)



domingo, 4 de septiembre de 2011

LO PEQUEÑO, LO INVISIBLE y EL MITO (M. Max Neef)



LO PEQUEÑO

Así como las olas toman su dimensión del volumen de agua que atraviesan, así los problemas sociales, ya sean de agitación, retardo económico, desempleo, inflación, crimen, terrorismo o guerra, tienen una escala que se ajusta a la dimensión de la sociedad que afligen.

Es así como incluso los problemas más graves son tan reducidos en una sociedad pequeña, que aquello que en una sociedad grande no puede ser resuelto ni por un genio, puede ser manejado en la primera por todos y cada uno de los que tengan una medida normal de sentido común.

Porque en la transparencia de sus estrechos límites nada puede quedar oculto a la visión natural. No existen los «invisibles», los anónimos actores de la Historia, las masas sobre cuyos hombros construyen los economistas, sociólogos e historiadores, sus preciosas abstracciones que se desvanecen mucho antes de tocar tierra y que sólo sirven para impresionar a los expertos en vez de mejorar las condiciones de aquellos que están llamados a ayudar.

Así como las formas de la vida submarina aparecen ante el buzo que se desliza entre bancos de coral y descubre que la vida al fondo del océano sobrepasa en variedad todo lo que pudieran imaginar nuestros novelistas de la era espacial. Sin embargo, si sigue bajando más aún, observará que las formas de vida se hacen nuevamente simples, revelando la unidad subyacente de todas las cosas e indicando en su análisis final que todo principio que se aplica en un campo podrá ser aplicado «mutatis mutandi» en millares de otros campos. Lo que tiene sentido en cualquier parte, es sentido común en todas partes. Y no hay principio con mayor sentido o más fundamental para el esquema de las cosas que lo pequeño. Por lo tanto, la persona capaz de ayudar en un problema aparentemente tan materialista como el desarrollo económico, es el filósofo, más que el mero especialista técnico.




LO INVISIBLE

La Historia es hecha por los historiadores y ningún acontecimiento se convierte en acontecimiento histórico a menos que un historiador lo declare como tal. Podemos afirmar que en nuestras lecturas de Historia faltaron aquellos «que sembraron y cosecharon los campos, derribaron bosques, abrieron caminos, construyeron palacios, castillos, fortalezas, ciudades y casas. De todos los que pagaron impuestos, mantuvieron a clérigos, ediles y funcionarios sólo hemos tenido visiones fugaces, aquí y allá. De todos aquellos ejércitos caídos por la Madre Patria en tierra extranjera nos faltan los soldados rasos, sus esposas que los esperaban en el hogar, toda la clase de los servidores, hombres y mujeres... los vagabundos desposeídos, los 'indefensos' que no tenían ni tierra ni hogar». Esta gente que integra las filas de aquellos «invisibles» a los ojos de la Historia es, paradójicamente, la misma gente que ha hecho posible la Historia «visible».

La economía es diseñada por los economistas. Ningún acontecimiento se convierte en acontecimiento económico a menos que calce con ciertas reglas establecidas por el economista. Como disciplina, la economía se ha convertido repentinamente en una de las materias más importantes de la actualidad. No habría nada de malo en ello si la importancia dada a la ciencia económica correspondiera realmente a su capacidad de interpretar y resolver los problemas que afectan a la Humanidad. Este no es el caso. Sus grandes abstracciones, tales como el P.N.B. (Producto Nacional Bruto), sistemas de precios, tasas de crecimiento, razón capital producto, movilidad de factores, acumulación de capital y otras, aunque reconocidas como importantes, son selectivas y discriminatorias cuando se refieren a la masa de los seres humanos.

A través de estas abstracciones la ciencia económica, en vez de convertirse en «disciplina abierta», se convierte en una especie de «club exclusivo». En realidad, el análisis económico sólo cubre a aquellos cuyas acciones y comportamiento están ajustados a lo que sus cuantificadores (tales como los mencionados) pueden medir. Tomando como ejemplo el P.N.B. lo que pueden medir son actividades que se generan a través del mercado, sin considerar si dichas actividades son productivas, improductivas o destructivas. El resultado de estas limitaciones es que las teorías económicas dominantes no asignan valor a las tareas realizadas a nivel doméstico o de subsistencia. En otras palabras, estas teorías son incapaces de incluir a los sectores más pobres del mundo o a la mayoría de las mujeres. Esto significa que casi la mitad de la población mundial —y más de la mitad de los habitantes del Tercer Mundo— resultan ser, en términos económicos, estadísticamente «invisibles».

Los sectores «invisibles» para la Historia son prácticamente los mismos que resultan «invisibles» para la Economía.





EL MITO

Estoy convencido de que la crisis total que nos amenaza a nosotros, a nuestro mundo e incluso a nuestra biósfera, no tiene su causa final en errores de planificación, ni en el alcance limitado de las teorías sociales, políticas y económicas, ni tampoco en las limitaciones de una u otra ideología. Todos estos elementos, aunque no exentos de responsabilidad, sólo son «causas eficientes» de la situación. La realidad cala mucho más hondo. Estimo que la «causa finalis» fluye de la esencia misma de nuestra cultura o de lo que, en otras palabras, podríamos llamar el «mito original» sobre el cual ha sido construida. 

Conforme a la Biblia el hombre y la mujer fueron creados al sexto día. El «mito original» adquiere el rol de ente normativo y por lo tanto generador de cultura, según el relato del acontecimiento en el Libro del Génesis. Después de completar su tarea de ese día: «... Dios los bendijo diciendo: Creced y multiplicaos, llenad la tierra y dominadla». Yo creo que este mandato otorgó sanción divina, por lo menos dentro de la cultura Judeo-Cristiana-Musulmana, a lo que habría de convertirse en aspiraciones ilimitadas de expansión y conquista, que inevitablemente desembocaron en dominio, explotación y en el establecimiento de jerarquías de clase.

La problemática total desplegada ante nosotros, como un abanico que al abrirse revela más y más sorpresas debido a las novedades que encierra, no es sólo una crisis como tal, sino una realidad que exige una reformulación igualmente integral. La «crisis de los fundamentos» que a principios de siglo derribó gran parte de la matemática y mecánica clásicas, se aboca a fines de este siglo a derribar teorías económicas, filosóficas, políticas y sociales.  Por lo tanto ha llegado el momento de revisar las materias y las causas a partir de sus orígenes, sin considerar «a priori» que hay cosa alguna lo suficientemente sagrada como para que no se pueda cuestionar su validez.

Durante el período en que el Occidente (la rama cultural Judeo-Cristiana-Musulmana) estaba dominado fundamentalmente por el «mito original», el efecto del antropocentrismo no fue más allá de expresarse en términos de una mezcla de superstición e indiferencia. La naturaleza estaba ahí, para entregar sus frutos a los seres humanos o para actuar como un simple telón de fondo. Este largo período de indiferencia fue lentamente cediendo el paso a ataques conscientes en contra de la naturaleza, fenómeno que coincide con el inicio de lo que quisiera identificar como el periodo de las ideologías. 

El liberalismo, así como el conservantismo y socialismo, surgieron como alternativas para la sociedad humana. Sus diferencias frente a varios problemas fundamentales son bien conocidas, pero resulta más pertinente destacar los aspectos que tienen en común. En primer lugar, todos aceptan el crecimiento como indispensable, aunque difieren en cuanto a las formas y mecanismos más adecuados para la distribución de sus frutos. En segundo lugar, todos limitan sus inquietudes filosófico-políticas primarias a las relaciones de poder entre los hombres, a la vez que ignoran el poder directo que, tanto la naturaleza como la tecnología al nivel existencial, son capaces de ejercer en el destino de la humanidad. De hecho esto significa «ignorar dos de los tres factores básicos en el drama de la historia humana». En tercer lugar, todas cultivan una admiración ilimitada por la tecnología en cuanto instrumento para resolver problemas. Finalmente están de acuerdo en que uno de los medios inevitables para lograr un destino humano superior reside en el control y dominio de la naturaleza, para lo cual la tecnología representa de nuevo el arma principal. De esta manera, los mitos de Génesis y Prometeo se han fundido en una ecuación única.

Para que exista la tecnología se requiere tanto de los seres humanos como de la naturaleza. Es concebible que los humanos puedan abstraerse en gran medida de la tecnología para vivir, pero en cambio, no pueden desentenderse de la naturaleza. Por su parte la naturaleza no necesita ni de una ni de otros para cumplir con su programa evolutivo. No se debe quebrantar esta jerarquía orgánica si es que la evolución ha de progresar en condiciones de equilibrio dinámico. Se requiere una forma de integración en la que las reglas de interdependencia primen sobre las de la competencia.

Resumiendo, mientras el mito dominaba, los humanos no se aventuraron más allá de creer en él. Una vez descartado por la razón, el comportamiento humano se conformó a él más que nunca. El ataque a la naturaleza no se produjo mientras el «mito original» era ley, sino cuando dejó de serlo. Este es un hecho extraño pero verdadero que merece por sí mismo una investigación profunda y seria. En el principio fue el mito, y el mito solo. En seguida vino la razón y el hombre trató de usar la razón para justificar el mito. Después la razón triunfó sobre el mito y la razón gobernó sola. Y ahora  tenemos la sensación de que, el mito se está utilizando para justificar a la razón. Y esto resulta alarmante. ¿Qué nos espera más adelante? Me aterra pensar en el liberalismo corporativo actual aliado al mito original


Adán


Prometeo roba el fuego a los dioses para dárselo a los humanos


Fuente: La Economía Descalza (M. Max-Neef)