En esa comedura de tarro imparable en la que afortunadamente ando cada día, ME SE viene últimamente a la cabeza o a lo que queda de ella, echarle las culpas de todo, ¿cómo no?, al pecado original. Y es que lo miremos por donde lo miremos, el gran problema que está a la raíz de nuestros males y sufrimientos, no es otro que: LA IDOLATRIA. Esa tendencia constante a idealizar personas, ideas y cosas. Esa tendencia constante a mentirnos a nosotros mismos creyendo haber alcanzado verdades y experiencias completas y seguras. Siempre nos puede el deseo de haber llegado al final, de haber encontrado la piedra filosofal, de haber dado con el kit de la cuestión. Y esto choca con nuestro verdadero yo, el que nos llama siempre a más, el insatisfecho, el buscador, el inconformista, el infinito, el eterno.
Ambas identidades son complementarias, en realidad son la misma, pero generalmente vivimos ambas mal, porque las vivimos separadas. Lo pequeño y lo grande son dos caras de una misma moneda, y veamos la cara que veamos la otra también está ahí. Generalmente vivimos lo pequeño tan por encima, tan rápido, que tenemos que volver una y otra vez sobre ello como en una búsqueda dramática de alguien que no encuentra sus gafas y las tiene puestas. Nuestra necesidad de inmensidad se vuelca sobre la finitud por no haber sabido trascenderla. No ver la auténtica grandeza de la amplísima existencia conduce, paradójicamente, a múltiples idolatrías que versan sobre ella. El caso es que no nos podemos desdecir de nuestro instinto de eternidad. El gran error del ser humano, también del creyente, está en divinizar lo finito, negándose a sí mismo ya que existe por y para la infinitud. En este punto le agradezco a Darwin su aporte sobre la evolución, ya que si el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, esta teoría nos ayuda a los creyentes a descubrir un Dios que se puede considerar también como evolución, por ser infinito, por ser RELACION. De lo contrario los cristianos terminamos por hacer a ese Dios a nuestra imagen y semejanza
¡Vaya lío verdad! me parece a mí que nuestra dimensión incompleta, que nos da tantos problemas, tanto individuales como comunitarios, es también la que nos puede salvar si la sabemos encauzar. Es lo que nos hace estar y ser vivos, en movimiento, en crecimiento. La clave está en si la alimentamos de posibilidades acordes y dignas de su "apetito" (infinitud, dudas, preguntas, inquietud, apertura, diálogo, aprendizaje, humildad . . .) o si le damos "comida basura" (estabilidad, FANatismo, comodidad, seguridad, cortoplacismo . . .)
Jesús de Nararet supo muy bien leer entre las líneas de nuestra "egoísta" humanidad, un ansia positiva, propia de nuestra condición y naturaleza, que hay que saber seducir y llamar hacia otras "tierras" más fértiles y amplias, más interesantes que los secos pozos entre los que acampamos. Bien podríamos gastar nuestros esfuerzos en seguir caminando en vez de seguir cavando. Supo ver belleza en nuestro "código de barras", en el filósofo incansable Agustín, en el vividor Francisco, incluso en el criminal Pablo, la adúltera María o el capitalista Zaqueo.
A Él le agradezco la resurrección, como sello de confianza y vía libre para el que quiera recorrer los caminos de la desinstalación, y dar rienda suelta a nuestro innegable, imparable e irrenunciable YO, sin tener que ahogarlo en charcos y espejismos: lemas, banderas, líderes, personajes, ideas, sentimientos, libros, películas, partidos, amores, desamores, etc . . . todos ellos medios que forman parte del fin, y que cada vez que los equivocamos con el fin los matamos y nos matamos en vida.





