martes, 6 de diciembre de 2011

EL TESTIMONIO COMO ALTERNATIVA (M. Max Neef)

Durante mis años de peregrinación me fui desarrollando lentamente hasta llegar a ser lo que llamo un "economista descalzo". Descubrí a los «invisibles», viví y trabajé durante años en su medio y me di cuenta de cuán lamentablemente inadecuada resultaba mi disciplina cuando debía interpretar la realidad «invisible». . Lo que había interpretado anteriormente como una evolución de la economía, resultó ser evolución sólo de palabras. Contábamos con un vocabulario más rico pero en lo concerniente a los sectores invisibles, sólo a eso se limitaba el alcance de la evolución. La miseria y el abandono continuaban siendo obscenos, a pesar de la insistencia en palabras y conceptos puestos de moda tales como «justicia social» y «participación».




El hecho de que muchos acuerdos estén redactados en «terminología progresista» y concebidos para propiciar la «participación» y la «justicia social», muy rara vez representa las verdaderas intenciones de los que detentan el poder. Es un ritual, aprobado internacionalmente, y por ende, observado con fidelidad. El lenguaje se torna ecléctico en un esfuerzo por reconciliar posiciones irreconciliables.

Los sistemas nacionales de desarrollo suelen suponer erradamente que un país es una unidad homogénea, y en consecuencia, generan desequilibrios regionales, serios y perjudiciales. Más aún: representan los intereses de la clase o grupo dominante. Por ende, los procesos de desarrollo regional diversificados sólo pueden darse como consecuencia de la redistribución y descentralización del poder, perspectiva poco probable. Lo que es más, aunque es posible fortalecer la participación a nivel local, esto nunca significará una participación más destacada de estos mismos grupos, a nivel nacional. La situación se torna paradójica: no hay manera válida y eficaz de promover el bienestar humano y la justicia social si no es a través de una participación real. Sin embargo, tal como acentúa MarshallWolfe, «en la práctica, dicha participación sigue siendo esquiva y efímera, tanto para las estrategias de desarrollo dominadas por el Estado, como para los contra-movilizadores revolucionarios»

He llegado a una etapa de mi vida en que tengo muchas más preguntas que respuestas. Pero las pocas respuestas que me quedan han demostrado ser útiles. Por ejemplo, sé que esperar soluciones grandiosas emanadas de la cumbre no sólo es contraproducente sino que me convierte en cómplice pasivo de una situación que rechazo. Al mismo tiempo sé que uno debe hacer lo que es capaz de hacer. Por poco que esto sea, es al menos el testimonio humano, y los testimonios humanos, siempre que no estén fundados en la codicia o en la ambición personal del poder, pueden lograr efectos positivos inesperados.

He dejado muy en claro que mi inquietud personal es por los sectores invisibles que corresponden a más de la mitad de la población mundial. Ya no creo en «soluciones nacionales» o «estilos nacionales». Ya no creo, para simplificar, en ninguna forma de gigantismo. Por ende, creo, como economista descalzo, en la acción local y en pequeñas dimensiones. Es sólo en esos entornos donde la creatividad humana y las identidades significativas pueden realmente aflorar y prosperar. ¿Y ahora qué? Mi respuesta es: Si los sistemas nacionales han aprendido a eludir a los pobres, los pobres tienen que aprender a eludir a los sistemas nacionales. Esto es lo que se puede y debe hacer a nivel local, según mi criterio. Pensar en pequeño y actuar en pequeño, pero en tantos lugares como sea posible. Todo lo que se puede realizar a nivel local debe realizarse a nivel local. Estimo que la vía debe partir desde la aldea, hacia un orden global.

domingo, 4 de diciembre de 2011

¿QUÉ DEBEMOS HACER ENTONCES? (M. Max Neef)

        Estimo que, considerando la crisis global que estamos viviendo, nos encontrarnos de nuevo frente «al inicio de la Utopía». La búsqueda de la Utopía no es sólo la búsqueda de una sociedad que sea posible, sino de una sociedad que sea, desde una perspectiva humanista, deseable. La noción de Utopía o de Eutopía, como prefiero llamarla, es rica porque trasciende los eclecticismos en derrumbe dentro de los cuales se realiza la actual búsqueda de soluciones. Las transacciones y las soluciones parciales ya no son útiles, son en realidad engañosas: contaminar o engañar a la gente un poco menos, no es equivalente a vivir un poco mejor o a morir un poco menos, así como un puente que cubre tres cuartas partes de un río, no nos ayuda a llegar a la otra orilla.




        El tipo de desarrollo en el cual creemos y que buscamos, supone un humanismo ecológico integral. Ninguno de los sistemas actuales lo proporciona, ni tiene la capacidad de corregirse a sí mismo (para poder proporcionarlo) sin perder su identidad. Y, puesto que no creo que ninguno de los sistemas actuales pretenda auto-eliminarse, he dejado de creer en el valor de cualquier medida correctiva. Ya no se trata de corregir lo existente, esa oportunidad se perdió hace mucho tiempo. Ya no se trata de agregar nuevas variables a los antiguos modelos mecanicistas. Se trata de rehacer muchas cosas partiendo de cero y de concebir posibilidades radicalmente diferentes. Se trata de comprender que si el papel de los humanos es el de establecer los valores, el papel de la naturaleza es el de establecer las reglas. El asunto radica en pasar de la mera explotación de la naturaleza y de los más pobres del mundo, a una integración e interdependencia creativas y orgánicas. Se trata de llevar los sectores «invisibles» a la primera plana de la vida y permitirles que finalmente se manifiesten y «hagan lo suyo». Se trata de una redistribución drástica del poder, por medio de la organización comunal horizontal. Se trata de pasar de un gigantismo destructivo a una pequeñez creativa. 

        Semejante sociedad eutópica que concibo inspirada en una filosofía política que yo identificaría (sólo para darle un nombre) como un «eco-anarquismo-humanista», consolida según mi criterio, muchas de las posibilidades para una adecuada solución del problema. Pero no puede haber nada definitivo ni permanente, incluso en este intento, porque frente a nosotros se extiende un futuro, más allá del futuro imaginable, que nos puede colocar frente a nuevas encrucijadas que nos obliguen a repensarlo y reconstruirlo todo de nuevo una vez más. Pero a estas alturas no podemos preocuparnos de inquietudes aún no concebidas. Tenemos más que suficiente con los desafíos que enfrentamos ahora. Debo declarar simplemente que no creo en ningún tipo de solución permanente. Todos los milenarismos han causado estragos. Mi proposición sólo se orienta a las condiciones actuales: la flexibilidad a largo plazo y la voluntad de cambios van implícitas en mi filosofía. 

        Mi filosofía es ecológica en el sentido de que se basa en la convicción de que los seres humanos, para realizarse, deben mantener una relación de interdependencia y no de competencia con la naturaleza y el resto de la humanidad. Igualmente supone que ésta sea una relación consciente, porque la perspectiva ecológica proyectada sobre el entorno proporciona analogías fértiles para un ordenamiento social. 

        Es una filosofía humanista porque sostiene que los humanos tienen conciencia de sí mismos y que realizan sus relaciones con la naturaleza y con otros seres humanos, por medio de la cultura. También sostiene que el equilibrio ecológico no debe ser entregado al automatismo, sino que debe quedar sujeto al conocimiento, voluntad y criterio humanos, en términos de una acción política consciente. 

        Finalmente es anarquista, no en el sentido vulgar, sino en la medida en que se basa en el concepto de que toda forma de concentración de poder (y todos los sistemas actuales nos llevan a ello) aliena a la gente de su entorno, natural y humano, y limita o anula su participación directa y sentido de responsabilidad, restringiendo su imaginación, información, comunicación, capacidad crítica y creatividad. Considero estas condiciones como esenciales para la realización de las dos condiciones anteriores: es decir, una conciencia ecológica respaldada por un comportamiento humanísticos.  No hay forma de humanismo que me parezca sensata sin una redistribución drástica del poder.