Durante mis años de peregrinación me fui desarrollando lentamente hasta llegar a ser lo que llamo un "economista descalzo". Descubrí a los «invisibles», viví y trabajé durante años en su medio y me di cuenta de cuán lamentablemente inadecuada resultaba mi disciplina cuando debía interpretar la realidad «invisible». . Lo que había interpretado anteriormente como una evolución de la economía, resultó ser evolución sólo de palabras. Contábamos con un vocabulario más rico pero en lo concerniente a los sectores invisibles, sólo a eso se limitaba el alcance de la evolución. La miseria y el abandono continuaban siendo obscenos, a pesar de la insistencia en palabras y conceptos puestos de moda tales como «justicia social» y «participación».
El hecho de que muchos acuerdos estén redactados en «terminología progresista» y concebidos para propiciar la «participación» y la «justicia social», muy rara vez representa las verdaderas intenciones de los que detentan el poder. Es un ritual, aprobado internacionalmente, y por ende, observado con fidelidad. El lenguaje se torna ecléctico en un esfuerzo por reconciliar posiciones irreconciliables.
Los sistemas nacionales de desarrollo suelen suponer erradamente que un país es una unidad homogénea, y en consecuencia, generan desequilibrios regionales, serios y perjudiciales. Más aún: representan los intereses de la clase o grupo dominante. Por ende, los procesos de desarrollo regional diversificados sólo pueden darse como consecuencia de la redistribución y descentralización del poder, perspectiva poco probable. Lo que es más, aunque es posible fortalecer la participación a nivel local, esto nunca significará una participación más destacada de estos mismos grupos, a nivel nacional. La situación se torna paradójica: no hay manera válida y eficaz de promover el bienestar humano y la justicia social si no es a través de una participación real. Sin embargo, tal como acentúa MarshallWolfe, «en la práctica, dicha participación sigue siendo esquiva y efímera, tanto para las estrategias de desarrollo dominadas por el Estado, como para los contra-movilizadores revolucionarios»
He llegado a una etapa de mi vida en que tengo muchas más preguntas que respuestas. Pero las pocas respuestas que me quedan han demostrado ser útiles. Por ejemplo, sé que esperar soluciones grandiosas emanadas de la cumbre no sólo es contraproducente sino que me convierte en cómplice pasivo de una situación que rechazo. Al mismo tiempo sé que uno debe hacer lo que es capaz de hacer. Por poco que esto sea, es al menos el testimonio humano, y los testimonios humanos, siempre que no estén fundados en la codicia o en la ambición personal del poder, pueden lograr efectos positivos inesperados.
He dejado muy en claro que mi inquietud personal es por los sectores invisibles que corresponden a más de la mitad de la población mundial. Ya no creo en «soluciones nacionales» o «estilos nacionales». Ya no creo, para simplificar, en ninguna forma de gigantismo. Por ende, creo, como economista descalzo, en la acción local y en pequeñas dimensiones. Es sólo en esos entornos donde la creatividad humana y las identidades significativas pueden realmente aflorar y prosperar. ¿Y ahora qué? Mi respuesta es: Si los sistemas nacionales han aprendido a eludir a los pobres, los pobres tienen que aprender a eludir a los sistemas nacionales. Esto es lo que se puede y debe hacer a nivel local, según mi criterio. Pensar en pequeño y actuar en pequeño, pero en tantos lugares como sea posible. Todo lo que se puede realizar a nivel local debe realizarse a nivel local. Estimo que la vía debe partir desde la aldea, hacia un orden global.
