domingo, 4 de diciembre de 2011

¿QUÉ DEBEMOS HACER ENTONCES? (M. Max Neef)

        Estimo que, considerando la crisis global que estamos viviendo, nos encontrarnos de nuevo frente «al inicio de la Utopía». La búsqueda de la Utopía no es sólo la búsqueda de una sociedad que sea posible, sino de una sociedad que sea, desde una perspectiva humanista, deseable. La noción de Utopía o de Eutopía, como prefiero llamarla, es rica porque trasciende los eclecticismos en derrumbe dentro de los cuales se realiza la actual búsqueda de soluciones. Las transacciones y las soluciones parciales ya no son útiles, son en realidad engañosas: contaminar o engañar a la gente un poco menos, no es equivalente a vivir un poco mejor o a morir un poco menos, así como un puente que cubre tres cuartas partes de un río, no nos ayuda a llegar a la otra orilla.




        El tipo de desarrollo en el cual creemos y que buscamos, supone un humanismo ecológico integral. Ninguno de los sistemas actuales lo proporciona, ni tiene la capacidad de corregirse a sí mismo (para poder proporcionarlo) sin perder su identidad. Y, puesto que no creo que ninguno de los sistemas actuales pretenda auto-eliminarse, he dejado de creer en el valor de cualquier medida correctiva. Ya no se trata de corregir lo existente, esa oportunidad se perdió hace mucho tiempo. Ya no se trata de agregar nuevas variables a los antiguos modelos mecanicistas. Se trata de rehacer muchas cosas partiendo de cero y de concebir posibilidades radicalmente diferentes. Se trata de comprender que si el papel de los humanos es el de establecer los valores, el papel de la naturaleza es el de establecer las reglas. El asunto radica en pasar de la mera explotación de la naturaleza y de los más pobres del mundo, a una integración e interdependencia creativas y orgánicas. Se trata de llevar los sectores «invisibles» a la primera plana de la vida y permitirles que finalmente se manifiesten y «hagan lo suyo». Se trata de una redistribución drástica del poder, por medio de la organización comunal horizontal. Se trata de pasar de un gigantismo destructivo a una pequeñez creativa. 

        Semejante sociedad eutópica que concibo inspirada en una filosofía política que yo identificaría (sólo para darle un nombre) como un «eco-anarquismo-humanista», consolida según mi criterio, muchas de las posibilidades para una adecuada solución del problema. Pero no puede haber nada definitivo ni permanente, incluso en este intento, porque frente a nosotros se extiende un futuro, más allá del futuro imaginable, que nos puede colocar frente a nuevas encrucijadas que nos obliguen a repensarlo y reconstruirlo todo de nuevo una vez más. Pero a estas alturas no podemos preocuparnos de inquietudes aún no concebidas. Tenemos más que suficiente con los desafíos que enfrentamos ahora. Debo declarar simplemente que no creo en ningún tipo de solución permanente. Todos los milenarismos han causado estragos. Mi proposición sólo se orienta a las condiciones actuales: la flexibilidad a largo plazo y la voluntad de cambios van implícitas en mi filosofía. 

        Mi filosofía es ecológica en el sentido de que se basa en la convicción de que los seres humanos, para realizarse, deben mantener una relación de interdependencia y no de competencia con la naturaleza y el resto de la humanidad. Igualmente supone que ésta sea una relación consciente, porque la perspectiva ecológica proyectada sobre el entorno proporciona analogías fértiles para un ordenamiento social. 

        Es una filosofía humanista porque sostiene que los humanos tienen conciencia de sí mismos y que realizan sus relaciones con la naturaleza y con otros seres humanos, por medio de la cultura. También sostiene que el equilibrio ecológico no debe ser entregado al automatismo, sino que debe quedar sujeto al conocimiento, voluntad y criterio humanos, en términos de una acción política consciente. 

        Finalmente es anarquista, no en el sentido vulgar, sino en la medida en que se basa en el concepto de que toda forma de concentración de poder (y todos los sistemas actuales nos llevan a ello) aliena a la gente de su entorno, natural y humano, y limita o anula su participación directa y sentido de responsabilidad, restringiendo su imaginación, información, comunicación, capacidad crítica y creatividad. Considero estas condiciones como esenciales para la realización de las dos condiciones anteriores: es decir, una conciencia ecológica respaldada por un comportamiento humanísticos.  No hay forma de humanismo que me parezca sensata sin una redistribución drástica del poder.